Foto: tomado de CartoonNetworkLA
POR: EL POLIDEPORTIVO
ESCRITO POR: EL DR. GABRIEL VALLE ESPEINOZA.
Cartagena de Indias, D.T. y C. 08:44 am.
Nuestro recomendado de hoy se remonta a una síntesis de varias décadas de el baúl de los locos famosos de la época y que nos permiten entregarla a nuestros lectores y que con seguridad será del gusto de locos y cuerdos. De antemano agradecemos la cortesía a el también abogado Pedro Jurado Paternina.
Los locos de Cartagena.
Leí un interesante artículo del doctor Christian Ayola sobre los locos de Cartagena( Monografías. com .Aportes históricos de la locura y de la Psiquiatría en Cartagena, parte 1, 2 No hay fecha visible). Es un eminente psiquiatra reconocido en Colombia. y como Cartagenero deseo contribuir con un pequeño apunte, nunca de carácter académico o científico. Arturo El Loco era sumamente violento. Lo conocí con una calva pronunciada para la década de los sesenta, con escaso cabello blanco a los lados de cada oreja. Vivíamos en la Calle Segunda de Badillo,siempre vivimos allí, y como estudiante de derecho escuchábamos clases de psiquiatría forense con el doctor Guisays en la antigua cárcel de San Diego, por la entrada situada al frente del parque del mismo nombre, el del hotel Santa Clara, otrora hospital Universitario de Cartagena.
De esa época, La Carioca, eficaz cobradora de deudas bizantinas. Muchas veces aprecié blandir una rula enorme de corsario, que cargaba al interior de una cartera, talego robusto como ella, azotando el mostrador del deudor o la puerta de su casa. para apurar el pago esquivo y casi prescrito. Ella era una mona pecosa, de gran estatura y abultado cuerpo.
Ollín, sucio como la calle del tablón en los tiempos del “ahumado candil y las pajuelas”, Fue vestido con smoking negro y corbatín montado en el capo de una camioneta fargo al frente del almacén Tía, para darle propaganda a un jabón de la época, luciendo un nombre distinto, el de Hollín Bond, agente secreto 007. Ese dia estaba reluciente gracias al jabón publicitado me imagino, en el baño más grande que se haya dado en los años sesenta, considerando su peculiar manera de vida que le valió el apodo de Ollín, el residuo de las chimeneas o las quemas de carbón.
Inca o Inga, quien me enseño mi primera lección sobre la honestidad cuando tenía diez o doce años y por encargo de la Niña Esco, mi Madre, iba a comprar a la tienda de la esquina de Santo Toribio, una botella de aceite y de repente me topé con Inca, me hizo abrir la mano donde tenía las monedas para pagar la botella de aceite. Abrumado por el miedo, le abrí la mano que me sostenía, dando por perdidas las monedas, y él al verlas, me mostró lo que podría llamarse un remedo de dentadura bastante averiada, y me dijo con una sonrisa celestial, “Yo no robo, yo pido, y me dejó seguir impactado por el suceso hasta el día de hoy que lo recuerdo perfectamente.
Imagen: tomada de https://www.teleadhesivo.com/
Ojala muchos de nuestros patrióticos políticos se impregnaran de la inocencia original de Inca, de ese orate cuerdo y honesto.
Oney diez chivos, bajita de estatura con incipiente cabellera de rizos retorcidos por la resequedad del sol. Muy risueña y cordial pedía dinero extendiendo su menuda mano exclamando “Oney diez Chivos, Oney diez chivos”.
Peyeye, de andar despreocupado, ataviado con un saco de color azul marino, descolorido por el paso inclemente del tiempo, con un periódico guardado en el bolsillo derecho, donde le sobresalía la mitad. Alcanzo a recordarlo en los alrededores del Fernández de Madrid, al frente de la tienda del vasco Don Pablo.
Tunda, un moreno grueso, que de vez en cuando pegaba unas carreras y culminaba el envión con golpecitos en su cabeza y las piernas (dato del doctor Pedro espinosa Benavides desde Sincé). Muchas veces lo vi en unas bermudas o pantalones cortos. El centro de la ciudad era el panal de todos esos abejorros y abejas con visión piramidal del mundo, como lo era para el Cartagenero La Torre del Reloj, al que el Tuerto López identificó como sitio de reunión de la gente “En un ir y venir de lanzadera”. ( Luis Carlos López, Obra Poética,Portal de los Dulces pagina 202 Carlos Valencia Editores, segunda reimpresión 1980) .
En la puerta de la Universidad de cartagena, nuestro proveedor habitual de cigarrillos como estudiantes de derecho, quien nos fiaba sin saber como hacía para mantener surtida su pequeña chaza. Fue candidato eterno a la alcaldía de cartagena. Su programa de gobierno era instalar un abanico en la Popa para “refrescar los medio dia de reverberación”, y construir un puente desde el Cabrero hasta San Andres.
No pude comprender si Benito, un moreno delgado de fino bigote, galeno de fantasías que cargaba un libro enorme de medicina interna, y que daba consultas por la derecha y la izquierda de su chaza, dependiendo donde estaba la fila de los clientes, estaba loco o más cuerdo que todos nosotros. Siempre fue un hombre decente.
Un dato cierto, El doctor Prospero de Villanueva, a quien el doctor Ayola menciona como Felix Prospero de Villanueva, con consultorio en la calle Cochera de Hobos número 38-90, creo fue el primer psiquiatra que tuvo Cartagena y Colombia, y que nunca se le reconoció su loable tarea cuando, como lo señala el doctor Ayola en su artículo o narrativa, sin existir aún la droga (Fenotiazina.- La ansiedad la curaban con Bromuro) que él menciona. Los choques eléctricos estaban a la orden del día. El doctor Christian Ayola nos entrega un dato sumamente interesante que vale la pena destacar. Preciso que lo sucede el doctor Jaime Villanueva Porto, profesor formador de muchos médicos de hoy dia, regados por todo el país, graduados en el claustro de San Agustín, y un excelente guitarrista que en ocasiones disfrutamos a mares.
Cartagena de mi alma, a la que le cantó el maestro Adolfo Mejía. En la ventana de su casa que daba a la calle Tumba muertos, antigua calle de la Emergencia por donde pasaban las ambulancias con su ulular de sirenas camino al hospital Santa Clara,, me guindaba con otros compañeros a oír tocar su guitarra, y a oír a su hijo si mal no estoy, tocar el piano cuando Cristofer cantaba Ave María, la del monstruo de la canción. La cita era puntual de cuatro a cinco de la tarde.
Que tiempos aquellos, los de la Cartagena pintoresca e inolvidable, plasmada magistralmente en las acuarelas y el alcatraz de Lemaitre la de los zapatos viejos de Luis Carlos Bernabe del Monte Carmelo López Escauriaza, de las Maria Mulatas del Centenario y del Fernández de Madrid, la del Sixto el carbonero.
En lo que a mi respecta, prefiero la Cartagena de los cocoteros de la San Martín, de las uvitas de las playas vírgenes de Bocagrande y Castillo, cuando había más mar que cemento. Nadie podrá acordarse de la Cartagena de hoy, de trancones, de olores nauseabundos, de las alcantarillas rebozadas de aguas negras, la de las inundaciones de las calles del centro, la de la inseguridad galopante. Las nuevas generaciones la conocerán por el canto de sus historiadores, pues el tiempo no se los permitió.
Cartagena, hoy dia, de seguro tendrá sus locos pero anónimos, ya no hay nada que recordar de la heroica moderna.
Gabriel Valle Espinoza.
Estudio y terminó derecho en la Universidad de Cartagena, fue juez, pensionado, hijo del también abogado abogado Víctor Valle.
Agradecimientos especiales al dr. Pedro Jurado Paternina.