Foto: El Polideportivo
Nombrar bien los hechos, para no confundir tragedia con estrategia.
En el caso de Miguel Uribe, su muerte, difícilmente encajaría en la definición estricta del término.
Magnicidio o Magnificación: el uso político de una muerte anunciada
En la semántica política, pocas palabras cargan un peso tan denso y dramático como magnicidio.
POR: EL POLIDEPORTIVO
Autor: NAIM NAGASAKI.
Cartagena de Indias, D.T. y C. 07:12 am.
El autor titula EL HOMICIDIO DE ÁLVARO GÓMEZ HURTADO, FUE UN MAGNICIDIO. LO QUE VA DE “MAGNICIDIO” A “MAGNIFICACIÓN”, lo modificamos en el titular y publicamos para EL RECOMENDADO de El Polideportivo.
Magnicidio o Magnificación: el uso político de una muerte anunciada
En la semántica política, pocas palabras cargan un peso tan denso y dramático como magnicidio.
Decirla es convocar a la memoria de naciones trastocadas, a los giros abruptos de la historia, a los momentos en que un disparo o una explosión arranca no sólo la vida de una persona sino un proyecto de país.
En esa palabra confluyen la tragedia y la arquitectura institucional, la biografía singular y el destino colectivo.
Pero su fuerza simbólica es precisamente lo que la hace susceptible de ser manipulada: no todo asesinato de un actor político es, en rigor, un magnicidio, así como no todo temblor merece el nombre de terremoto.
En el caso de Miguel Uribe, su muerte, difícilmente encajaría en la definición estricta del término.
No por subestimar su papel en la arena pública, sino por una lectura objetiva de sus dimensiones reales de poder.
Uribe fue, en gran medida, una figura catapultada por un ecosistema mediático afín a la ultraderecha, un rostro que encarna un relato y unas lealtades, pero cuya gravitación electoral y estructural no alcanza todavía la estatura de un liderazgo inminente en el poder ejecutivo.
Para que un homicidio sea magnicidio, en términos universales, deben concurrir tres elementos esenciales:
Proyección cierta de gobierno: que la figura tenga posibilidades altas y verificables de ocupar la jefatura de Estado.
Peso simbólico y representativo: que encarne, de manera reconocida por la nación y el exterior, un proyecto político cuya interrupción altere la historia.
Impacto estructural inmediato: que su muerte modifique de raíz el equilibrio de fuerzas y el rumbo político del país.
En el caso de Uribe, ninguno de estos criterios se cumple de forma concluyente.
Su capital político, si bien amplificado mediáticamente, se inscribe más en el plano de la proyección partidista que en el de una hegemonía electoral consolidada.
Su imagen pública, cuidadosamente trabajada por los medios que orbitan en torno a la derecha más dura, responde a una estrategia clara: magnificar la figura para que cualquier agresión contra ella pueda ser traducida en un relato de victimización, un mártir instantáneo cuya ausencia aglutine simpatías y reactive la base ideológica.
Se trata, pues, de un recurso narrativo: convertir la pérdida en un arma discursiva, no porque se haya asesinado al “líder del Estado”, sino porque se elimina a un símbolo en construcción, al que los estrategas atribuyen —a veces de forma inflada— un rol decisivo que tal vez no tenía en los hechos.
En este sentido, el uso del término magnicidio no describe la realidad sino que la fabrica, la encuadra dentro de una dramaturgia política diseñada para otorgar legitimidad moral a un bloque de poder que busca reposicionarse frente a un gobierno de signo contrario.
La ciudadanía, por tanto, haría bien en no confundir magnificación con magnicidio.
El primero es una operación mediática que infla el significado de un hecho para provocar adhesión emocional; el segundo es un acontecimiento histórico que quiebra la trayectoria política de un país.
Saber distinguirlos es una defensa contra la manipulación y una garantía para no convertirse en espectador pasivo de una obra cuyo guion escriben otros.
En la era de las redes y la inmediatez, donde los titulares pueden más que los archivos y los adjetivos más que los sustantivos, el cuidado con el lenguaje no es un capricho filológico: es una forma de resistencia política.
Nombrar bien las cosas, en este caso, es el primer paso para impedir que el ruido de los medios suplante el juicio de la historia.