Con las riendas en las manos y la vocación en el alma/ crónica

Foto: Emilio Gutiérrez Yance
  • La historia de la subteniente Liliana Leyva Lozano no se escribió con tinta, sino sobre la tierra que pisan los caballos.

POR:  EL POLIDEPORTIVO

Cartagena de Indias, D.T. y C. 09:52

Por: Emilio Gutiérrez Yance

Hay personas que llegan al mundo con una brújula escondida en el corazón. No importa cuántos caminos recorran, siempre terminan donde estaban destinadas. Liliana Marcela Leyva Lozano, de 32 años, es una de ellas. Antes de vestir el uniforme, antes de aprender a montar un caballo con la firmeza de quien domina el miedo, ya llevaba dentro una vocación silenciosa que comenzó entre los cultivos, el olor de la tierra mojada y el mugido del ganado en El Guamo, Tolima. Allí, donde el sol parece conversar con los sembrados y la vida transcurre sin afán, nació la mujer que años después rompería un paradigma al convertirse en la primera mujer carabinera del Departamento de Policía Bolívar.
Su infancia fue sencilla, como las historias que nunca necesitan adornos para ser extraordinarias. Creció en un hogar donde el respeto, la unión y el amor eran pilares que no estaban escritos en ninguna pared, sino reflejados en el ejemplo de sus padres. Mientras otros niños coleccionaban juguetes, ella acumulaba recuerdos entre animales, jornadas de campo y abrazos familiares. Aquellos años le enseñaron que la humildad nunca pasa de moda y que la perseverancia siempre encuentra recompensa.
Desde muy pequeña miró con admiración a los hombres y mujeres de uniforme. No era una fascinación pasajera; era la certeza de que algún día también serviría a Colombia. Esa ilusión encontró dos guías que marcaron su destino: la intendente jefe en uso de buen retiro Aurora Trujillo Arias y su esposo, el también intendente jefe en uso de buen retiro Uldarico Garcés Valencia. Ellos creyeron en ella cuando el sueño apenas comenzaba a caminar y le demostraron, con su ejemplo, que servir a los demás es una forma de honrar la vida.

Liliana estudió Ingeniería Ambiental porque la naturaleza siempre fue su refugio. Sin embargo, mientras avanzaba en su carrera profesional, otra oración crecía en silencio. Cada noche le pedía a Dios una sola oportunidad: vestir el cordón de mando y las espuelas de Carabineros. Con el tiempo comprendió que los sueños no siempre llegan cuando uno quiere, sino cuando Dios considera que se está preparado para recibirlos.
“Desde que ingresé a la institución soñaba con esta especialidad. Hoy entiendo que Dios fue guiando cada paso hasta traerme al lugar donde realmente debía estar. Ser carabinera es mucho más que montar un caballo; es servir con el corazón y proteger la vida en todas sus formas”, expresa la Subteniente con la serenidad de quien habla desde la gratitud.
El camino no estuvo libre de obstáculos. Ser mujer en una especialidad donde durante muchos años predominaron los hombres significó demostrar, una y otra vez, que la capacidad no entiende de géneros. Cada jornada fue una oportunidad para derribar prejuicios con disciplina, liderazgo y resultados. Nunca buscó privilegios; simplemente dejó que su trabajo hablara por ella.
Cuando finalmente se convirtió en la primera mujer carabinera del Departamento de Policía Bolívar, comprendió que aquel logro no era solamente suyo. También pertenecía a las niñas que algún día soñarán con vestir el uniforme y a las mujeres que todavía dudan de sus capacidades. Por eso suele repetir una frase que resume su filosofía de vida: “Si puedo trabajar con un caballo de más de 450 kilos, no existe reto que me quede grande”.
Su historia también puede contarse a través de los ojos de los animales. Desde niña aprendió que un caballo no responde al miedo, sino a la confianza; que un perro devuelve lealtad sin pedir nada a cambio y que un gato enseña paciencia con la misma naturalidad con la que busca una caricia. Hoy, cuando patrulla montada, no siente que lleva una herramienta de trabajo. Siente que cabalga junto a un compañero que también cumple una misión y que, sin pronunciar una palabra, entiende cada emoción de quien sostiene las riendas.
Entre los recuerdos que guarda con más cariño hay uno que todavía le estremece el alma. Durante un patrullaje, una niña con discapacidad se acercó con timidez para acariciar al caballo. Bastaron unos segundos para que el miedo desapareciera y diera paso a una sonrisa inmensa. En ese instante comprendió que la labor de un carabinero no termina cuando garantiza la seguridad; también comienza cuando logra despertar confianza, esperanza y alegría en quienes más lo necesitan. Aquella escena sigue cabalgando en su memoria como uno de los momentos más valiosos de su carrera.
Fuera del uniforme sigue siendo la mujer sencilla que disfruta caminar por el campo, compartir con su familia, hacer compras, conocer nuevos lugares, viajar y agradecer a Dios por cada amanecer. La felicidad, dice, no siempre está en los grandes acontecimientos. A veces aparece en una conversación tranquila, en el sonido del viento entre los árboles o en la mirada noble de un caballo al terminar una larga jornada de servicio.
Para el coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar, la historia de Liliana representa el verdadero espíritu de la institución. “La subteniente Liliana Marcela Leyva Lozano demuestra que la vocación, la disciplina y el amor por lo que hace no conocen barreras. Su ejemplo inspira a nuestras mujeres policías y fortalece el compromiso institucional con la comunidad, la protección de los animales y la construcción de una Policía cada vez más cercana a los ciudadanos. Su historia es un orgullo para el Departamento de Policía Bolívar”, afirmó el oficial.
Quizá dentro de algunos años otras mujeres cabalguen por los caminos de Bolívar sin saber quién abrió la primera huella. Tal vez nunca conozcan todos los sacrificios que hubo detrás de ese logro. Pero cada vez que ajusten las espuelas, tomen las riendas de un caballo y salgan a servir con orgullo, estarán continuando una historia que comenzó hace 32 años en El Guamo, Tolima, donde una niña descubrió que los sueños también galopan y que, cuando la fe sostiene las riendas, siempre encuentran el camino correcto
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