El Jerre Jerre: el juicio más insólito que enfrentó Rafael Escalona por culpa de una canción

Fotos: EGY
  • Un campesino de La Paz demandó al compositor porque un paseo vallenato lo comparó con un jerre jerre. El proceso terminó con el animal como prueba judicial y una audiencia que pasó a la historia del folclor colombiano.

POR: EL POLIDEPORTIVO

Las crónicas de Emilio Gutiérrez Yance

Cartagena de Indias, D.T. y C. 10:12 am.

Nadie imaginó que un jerre jerre terminaría convertido en la principal prueba de un juicio contra Rafael Escalona. Ocurrió en La Paz, Cesar, cuando un pueblo entero hizo un alto a la fiesta de unas elecciones para presenciar una audiencia tan insólita que parecía escapada de las páginas de Cien años de soledad. De un lado estaba Sabas Torres, un campesino convencido de que un vallenato le había robado la tranquilidad y el respeto de sus vecinos. Del otro, el compositor más célebre de la provincia, acusado de haber transformado el parecido de un hombre con un pequeño armadillo en motivo de carcajadas. Aquella mañana la justicia no tuvo que resolver un homicidio ni un pleito por linderos. Tuvo que decidir si una canción podía herir más profundamente que una ofensa pronunciada de frente.

En la provincia del viejo Magdalena Grande existía una certeza que nadie discutía. Si Rafael Escalona llegaba a un pueblo, tarde o temprano alguien terminaba convertido en personaje de sus canciones. A unos los inmortalizaba por enamorados; a otros por valientes, parranderos o buenos amigos. Pero también estaban aquellos que, sin proponérselo, cargaban durante años el peso de una ocurrencia convertida en verso. Ese fue el destino de Sabas Torres.

“Si Rafael Escalona llegaba a un pueblo, tarde o temprano alguien terminaba convertido en personaje de sus canciones”.

A Sabas todos lo llamaban “Sabita”. Era un campesino humilde, nacido en La Paz, dueño de una pequeña parcela donde el amanecer siempre lo encontraba alimentando gallinas, ordeñando una vaca o revisando el estado de sus cultivos. Conocía los montes como la palma de su mano y, por eso mismo, sabía muy bien qué era un jerre jerre, ese pequeño armadillo de caparazón duro y hocico alargado que salía al caer la tarde a escarbar la tierra en busca de insectos y hormigas. Era un animal inofensivo, muy común en las sabanas del Cesar y La Guajira, famoso por caminar despacio y esconderse apenas presentía algún peligro. Quizás por esas características, o simplemente por una de esas ocurrencias que nunca le faltaban, el primo Romacho le comentó a Rafael Escalona que Sabita guardaba un extraordinario parecido con aquel curioso habitante del monte. Al compositor le bastó escuchar la comparación para convertirla en un paseo que terminaría recorriendo toda la provincia.

El canto comenzó a viajar como viajaban las noticias en aquellos tiempos: de boca en boca. Lo aprendieron los acordeoneros, lo silbaron los arrieros mientras arreaban el ganado, lo repitieron los niños en las calles y terminó sonando en las tiendas, las corralejas y las parrandas. Cada vez que alguien entonaba ‘El Jerre Jerre’, inevitablemente aparecía una mirada hacia Sabita. Algunos reían en voz baja; otros, sin el menor pudor, le cantaban el estribillo cuando lo veían pasar. Lo que para el pueblo era motivo de diversión, para él se convirtió en una pesada cruz.

Al principio Sabas guardó silencio. Pensó que el entusiasmo por la canción desaparecería con el paso de los días. Pero ocurrió todo lo contrario. Entre más sonaba el paseo, más crecía la fama del parecido. Ya casi nadie lo llamaba por su nombre. Para muchos habitantes de la provincia dejó de ser Sabas Torres y pasó a ser simplemente “el jerre jerre”. Entonces comprendió que la única manera de defender su buen nombre era acudir ante la autoridad.

La demanda coincidió con un domingo de elecciones, una fecha en la que los pueblos del Caribe parecían vivir una fiesta patronal. Desde temprano sonaban las bandas papayeras, el aroma de los pasteles recién salidos del fogón invadía las calles y los candidatos recorrían las mesas saludando a todo el mundo. Aunque regía la ley seca, nunca faltaban las botellas escondidas bajo los mostradores. Sin embargo, ese día el comentario principal no era quién ganaría las elecciones. Toda la expectativa giraba alrededor del juicio que enfrentaría Rafael Escalona por culpa de una canción.

Rafael Escalona

La audiencia comenzó con un inconveniente inesperado. El inspector de Policía, quien debía presidir el proceso, no apareció. La noche anterior había asistido a una parranda y el exceso de licor pudo más que la responsabilidad. Amaneció con semejante guayabo que le fue imposible levantarse de la cama. Ante la ausencia del funcionario, el alcalde Beltrán Orozco asumió el papel de juez improvisado. Apenas tomó asiento lanzó una frase que todavía recuerdan quienes escucharon la historia: “Traigan el cuerpo del delito”.

Pocos minutos después apareció el protagonista inesperado de aquella jornada: un jerre jerre capturado en los montes cercanos. El animal tenía parte del cuerpo deformado porque tiempo atrás le había caído agua hirviendo. Apenas lo colocaron frente al alcalde, el silencio duró apenas unos segundos. Luego estalló una carcajada colectiva y alguien gritó desde el fondo: “¡Ave María… pero si es igualito a Sabita!”. El pobre campesino sintió que ni siquiera en el lugar donde esperaba encontrar justicia lograría escapar de las burlas.

Llegó el momento de escuchar al acusado. Rafael Escalona no pidió un abogado ni buscó argumentos para defenderse. Con la tranquilidad de quien sabía que hablaba mejor con un acordeón que con un juez, solicitó la presencia de un cajero, un guacharaquero y un acordeonero. En cuestión de minutos la alcaldía dejó de parecer un despacho oficial para convertirse en una parranda. Entonces sonó el acordeón de Juan López y Escalona comenzó a cantar: “El primo Romacho tiene cosas que me mortifican, dice que el jerre jerre se le parece a Sabita. Yo no creo que sea bonito, pero que sea tan feo, así…”. Apenas terminó la estrofa, las carcajadas inundaron el recinto. Unos se tapaban la boca para no reírse frente al alcalde; otros señalaban de reojo al campesino, mientras Sabas apretaba los puños convencido de que aquella canción era la prueba más grande de la humillación que venía soportando desde hacía meses.

Con el paso de los años, Rafael Escalona recordaría aquel episodio entre sonrisas y remordimientos. Reconocía que ‘El Jerre Jerre’ no era la mejor de sus composiciones, aunque tampoco la peor. Lo que verdaderamente lamentaba era haber llevado, sin proponérselo, la mortificación a una familia humilde que nunca imaginó verse convertida en protagonista de un vallenato. Contaba que su madre le dio un coscorrón, le jaló las orejas y le hizo prometer que pensaría mejor antes de retratar a alguien en sus canciones. La promesa duró poco, porque al mes siguiente ya estaba metido en otro enredo con ‘La señora patillalera’.

Así era Rafael Escalona: un cronista con acordeón que convirtió la vida cotidiana en patrimonio del folclor colombiano. Sus canciones fueron periódicos cantados cuando no existían las redes sociales ni la inmediatez de la radio. En ellas quedaron retratados pueblos, amores, peleas, alegrías y personajes que jamás imaginaron alcanzar la inmortalidad. Sabas Torres quizás nunca quiso ser famoso, pero el destino le tenía reservada una curiosa eternidad. Desde aquel juicio quedó demostrado que, en la provincia vallenata, una canción podía alegrar una parranda, contar la historia de un pueblo… o llevar a un compositor hasta el estrado de un juez por culpa de un jerre jerre.

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