¿Luto o marketing? La muerte de Uribe Turbay y el relato que nos venden

Foto: El Polideportivo
  • La tragedia se convirtió en plataforma política. El país necesita duelo, no propaganda.
  •  Mientras el país llora, los medios construyen un héroe que nunca fue. ¿Hasta dónde llega la empatía cuando hay apellidos de por medio?

POR: EL POLIDEPORTIVO

Por: Rubén Darío Álvarez P.

Cartagena de Indias,, D.T.  06.34 am

La muerte violenta de cualquier ser humano merece respeto; y el duelo de su familia, consideración. Pero eso no significa que la sociedad deba tragarse sin masticar el relato que se teje en caliente desde los medios y la política. Lo que hemos visto tras el fallecimiento de Miguel Uribe Turbay no es sólo dolor colectivo: es un ejercicio acelerado de construcción de un héroe que en vida no lo fue.
La cobertura mediática ha sido abrumadora: portadas, especiales, transmisiones en vivo, homenajes, telenoticieros de tres horas con ese único tema. Todo para instalar la idea de que el país ha perdido a un líder insustituible, a un defensor de la democracia, a un hombre entregado a la gente. Sin embargo, basta con repasar su trayectoria para notar que ese retrato es más aspiración propagandística que balance real.
Miguel Uribe no fue un político de base, ni un abanderado de las causas populares. Fue, ante todo, un representante de los intereses de su clase social, heredero de un apellido con peso y conexiones que lo catapultaron a escenarios donde muchos luchan décadas por llegar. Sus posturas públicas rara vez tocaron de frente la pobreza estructural, la inequidad o la exclusión. Y cuando lo hizo, quedó en discursos que nunca se tradujeron en cambios concretos para el ciudadano de a pie.
Su carrera estuvo marcada por movimientos erráticos y oportunistas: cambios de partido, alianzas contradictorias y un cálculo constante para posicionarse, incluso si eso implicaba dejar de lado principios proclamados antes. No era el candidato más fuerte a la Presidencia, ni siquiera uno de los favoritos, pero hoy la maquinaria política y mediática se esfuerza en pintarlo como la gran promesa truncada del país.
Aquí hay algo que cuesta trabajo decir: si el asesinado hubiera sido un senador sin apellido de peso, sin conexiones en la prensa y sin capital simbólico, la cobertura no habría durado más de dos días, si acaso. No habría homenajes televisivos ni mensajes lacrimógenos de embajadas extranjeras; y mucho menos se estaría reescribiendo su biografía para convertirlo en un mártir.
Este doble rasero es un espejo embarazoso de Colombia, un país donde la muerte de un político “de cuna” se convierte en tragedia nacional, mientras el asesinato de líderes sociales, concejales de pueblos remotos o defensores de derechos humanos pasa casi inadvertido, pues se trata de un país donde la empatía es selectiva; y la memoria, moldeable al servicio de intereses de clase y de partido.
No se trata de negar el duelo, ni de justificar el crimen. Se trata de no confundir la solidaridad con la ingenuidad y con el show mediático. Porque mientras los poderosos dizque lloran al hombre que los medios quieren fabricar a la fuerza, deberíamos preguntarnos si estamos permitiendo que, otra vez, la tragedia se use como plataforma para agendas políticas disfrazadas de homenajes.
La muerte de Uribe Turbay es, sin duda, un hecho lamentable, pero más lamentable aún sería que la aceptemos como excusa para blanquear trayectorias, manipular emociones y reforzar privilegios históricos. Los héroes verdaderos se construyen en vida, con acciones que trascienden su propio interés. Lo demás es puro y ridículo marketing del dolor.
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